Al hijo de Violeta Parra

Estoy rabiosa. 

Estoy enojada desde que te fuiste sin decirme cómo se gana en el ajedrez. Sin enseñarme a agarrar bien el pincel y darle un sorbo de acuarela. Maldigo el día que te fuiste sin dejarme los cassettes de Silvio y la Violeta como herencia. Aunque me traje a mi casa todos los otros sin que nadie se enterara.

Sigo enojada porque esa tarde que me viste correr hacia el atril no avisaste que la pintura estaba fresca, que los árboles no siempre mueren de pie. Me enoja recordar que no recuerdo cómo huele tu piel, toda negra y molida por la mina que te vio crecer en el valle.

Maldigo tú Potrerillos y tú Ballenar, tu desierto de Atacama, tu cordillera que no recorrimos juntos. Maldigo el Copiapó que te vio nacer y yo no. Permanezco enojada desde hace quince años, desde ese día que te fuiste y no me contaste que Gracias a la vida lo había escrito una chilena y no una argentina como aseguraban en la escuela.

Y cómo puede ser que nunca me hayas contado que tu padrastro, el segundo marido de tu mamá, se haya caído a una olla de fundición de cobre y que lo único que quedó de él fue una hebilla del cinto que nunca llegó a derretirse, y  que en el cajón solo pusieron un pedazo del metal que se fundió junto con su cuerpo.

Me pone furiosa escuchar tus leseras filmadas en un VHS de 1998, y darme cuenta que nunca me enseñaste cómo bailar cueca, cómo hablar como tú: Sin el vos, sin el che, sin el viste. Pero cómo es que nunca me dijiste lo que quería decir Perfidia cuando el trío los panchos sonaba en la radio y la abuela lloraba a mares porque le recordaba a su hermanita desaparecida por Pinochet.

Me enoja y maldigo el día que enfermaste y tu hija no me llevó al hospital, y me obligó a quedarme en tu casa, con tus olores, tu frazada, tus pinturas y tu camisa a cuadros, y yo miraba la telaraña en una pared todo el rato. Me enoja no encontrar entre los recuerdos la última tarde que te vi. Pero me acuerdo de otra en donde estabas debajo de la parra de uvas blancas que cuando caían de maduras yo las pisaba porque alguna vez me habías dicho que así se hacía el vino que tanto te gustaba.   

Maldigo tu historia que nunca logré rearmar a través de tu voz. Que cuando eras minero en la cordillera te habías sindicalizado durante la democracia de Allende. Que cuando llegó el traidor tuviste que rajar; con una mujer y cuatro cabritos a cuesta y que el más chiquito apenas tenía dos años y la abuela todavía le daba la teta. Que cuando llegaste a Mar del Plata te enteraste que tu hermano mayor estaba en la lista negra de la dictadura, que también se tuvo que ir de la Argentina habiendo llegado unos meses antes que vos. Que terminó refugiado en Canadá, donde todavía está con su familia y su casa y sus perros y su frío. Que extraña su Chile querido y no deja de pensar en sus hermanos desparramados o muertos.

Me enoja que nunca te hayas animado a contarme sobre tus primeros días en el país. Que primero tuviste que esconderte con tu familia, mi mamá incluida. Que estuvieron clandestinos unos meses en el 76 porque el Plan Cóndor era cierto, y a los comunistas chilenos también se los buscaba acá. Que el Partido Comunista era tu partido al igual que el de tu amigo Pepe, quien fue el que te prestó ese departamento en pleno centro marplatense para pasar desapercibidos hasta que las aguas se apacigüen.

Nunca llegué a preguntarte si elegiste el mar para vivir, si no te gustaba otro lugar, si no había otra opción. Nunca supe porqué al jugo de naranja le decías ácido ascórbico y te reías porque yo no entendía y me enojaba porque no me explicabas y me decías es que estás muy niña. Y me enoja saber que años después, fanatizada por la poesía chilena, me fui a enterar que el escritor Nicanor Parra le decía así a la vitamina C. Y cómo no ibas a saber que yo lo que más quería en la vida era ser poeta. Y que después de muerto me iba a traer conmigo todos tus libros, todos. Y que encontraría uno con una imagen impresa que decía “Y tú me lo preguntas… la anti poesía eres tú”.

Pero lo que más me enoja, lo que más me enoja es saber que la poesía eres tú.

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