La tapiadora
Por Juan Cruz Geli
Celestina no. Celestina vino con un baúl enorme. Bajó en tren hasta Santa Antonio y de ahí en barco hasta meterse en el golfo Nuevo -bahía por ese entonces- o en puerto Chubut que es donde concluye el río; para lo cual también hay que meterse -su puerto está río adentro-. De cualquier manera, a donde haya culminado su peripecia, si o sí, entró al territorio como una puñalada. Y así, con su gran baúl negro, se incrustaría hasta la meseta. Como un tajo certero: esos que superficialmente casi ni se notan, pero su profundidad es peligrosa, mortal.
Asunta ya andaba por ahí, en la meseta. Y Asunta sí. Por las noches, corría los muebles del cuarto cocina-comedor y tapiaba la puerta. Mientras les decía a sus hijos "ahora vamos a cantar esa canción que habla del niño Jesusito" y los cuatro, ella y los tres pequeños sinvergüenzas, se ponían a cantar una y otra vez esa canción, a la luz de la petromax, hasta que poco a poco los niños iban cayendo dormidos en los colchones al lado de la salamandra, y a ella le invadía ahí sí el verdadero miedo, y el viento (y vaya a saber qué más) entraba por todos lados, y ni los muebles, ni las canciones, ni el niño jesús podían contenerlo.
Al amanecer, cuando ya había clareado lo suficiente, descorría los muebles y se iba hasta la costa del río. se acuclillaba de una manera extraña y metía la cabeza entera en el agua, por un largo rato. Luego volvía con un balde cargado para preparar mate y el té de cascarilla.
Una tarde su marido volvió. Trajo consigo a una mujer cansada y parca. Su marido dijo que iba para Paso de Indios, pero que iba a quedarse un tiempo ahí. A Asunta le molestó la novedad. Hasta que bajaron del camión un enorme baúl negro.
Los niños ayudaron a entrarlo al cuarto.
Asunta sonrió. Celestina no.
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