Los últimos, los arruinados

 

Los últimos, los arruinados por Camilo Urquizu


Cuando vienen los últimos, los arruinados, es que tenemos que empezar a cerrar las cortinas, eso aprendí de mi abuela 

atendiendo el kiosco que abrió en el garaje de su casa, quizás por matar el tiempo quizás por necesidad o vaya a saber 

porqué, pero la vieja abrió un negocio y le tenía miedo a esos gentíos que solo venía a tomarse una popular y un pan con harina.


Además la muy canalla, dejaba como unos taburetes de piedra en la vereda, quién no va a tener ganas de ir a sentarse a tomar 

una coca y un pan sentado al aire libre, bajo un sauce dejar la mochila a un lado, no los culpo, pero son los últimos, 

algunos jardineros, algunos ayudantes de albañiles, que ni mi tía, la más chica de sus hermanos, que puertas adentro, a la hora de 

cenar los defiende peleandola a mi abuela por no querer atenderlos, 

pero cuando los ve pasar ni los saluda, si no que se entra corriendo a la casa.


Y mi abuelo, que se jubiló y compra las cosas para que mi abuela las venda en su kiosco, pero no a los arruinados, 

él alguna vez estuvo de ese lado, veras el es moreno, y en este barrio el tema de la piel es muy importante por eso 

les tiene cierta simpatía, y creo que es él único que entiende que no van a causar nada, pero le sigue el juego a mi abuela. 


Pero lo intentaban, sacaban una moneda de sus bolsillos y tocaban la cortina a medio cerrar “doña, hoy fue la quincena y le 

podemos comprar unas cuantas cosas, ni alcohol queremos”, se sabe que esta gente puede llegar a comprar alcohol del ingenio 

azucarero y 

vertile en una botella de soda como si nada. Y seguían golpeando por unos minutos, hasta que aparecía el sereno, que era como ellos, 

pero su trabajo 

era estar sentado y tocar un pito cada hora y se iban retirando. Mi abuela se escondía, y yo miraba de reojo. 


A veces mi papá, cuando llegaba a recogerme se los encontraba y los saludaba, incluso escuché llamar a uno de ellos Henry,

 se disculpaba por mi abuela, que no era mala, que esto y lo otro, que tal vez tenían que dejar de venir y buscar otro kiosco. 


Pero esto no se iba a quedar así, al año siguiente, el penúltimo del kiosco, estuve a cargo de la última hora del kiosco, y 

cuando vi a Henry tocar la ventana, con una moneda, le abrí la puerta, supe que era carpintero, porque olía a carpicola y les deje pasar. 

Henry, le dije, toma estos panes recién horneaos, a vos, señalando al que venía detrás, estos bocadillos de queso te 

pueden gustar, 

había otro que tenía como vergüenza así que le alcance unos jugos desechables, porque hoy la casa invita, quise decir, 

como muchas veces lo vi en peliculas.


Para que digo, ahí nomás el más tímido entró y se metió unas velas y fósforos a la mochila, Henry me dijo que me tape los ojos y no veía nada 

pero escuchaba un ‘pum, pum, pum’ y suavemente me desprendí de las manos de Henry, y ví que estaban abriendo un botiquín y sacaron el 

ansiado alcohol 100% refinado, pero tenía que caer mi abuelo, pero trajo una coca y unos hielos y unos vasos de vidrio.


Pobre, quizás de que se casó con la abuela no se daba ese gusto, claro, mi abuela nunca lo haría, esa vieja ni 

una copa de jerez se tomaría en su vida.



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