Operación Traviata. Consigna Mayra Ravainera
Todavía se vendían las
galletitas sueltas. Venían en latas grandes con un circulo transparente en el
medio para que pudieras verlas y elegir. "Dame un cuarto de
bananitas", "Dame 8 pesos de palmeritas". Y así. Ahora ya no se
ve eso. Ni siquiera en los barrios. Ahora vas al chino y agarras el paquete más
barato y con la más grasa posible. En fin, en la casa de mis abuelos siempre
había alguna que otra galletita dulce en un frasco rectangular de plástico,
pero yo llegaba y me desesperaba porque fueran las cinco de la tarde para merendar
galletitas Traviata. Las galletitas saladas me encantaban. Me sigue encantando
pero ya no puedo comer trigo porque resulta que soy alérgica. Pero cuando no lo
era (o cuando no sabía que lo era), a los 6 años, comía las Traviata que
compraba el abuelo porque eras mis favoritas. Papá compraba otras que me
gustaban, pero no eran mis favoritas. A los 14 años, seguía yendo a lo de mis
abuelos a visitarlos y comer galletitas Traviata que compraban en el mercado
del barrio por paquete de a tres. Mientras le sacaba la cintita roja con
cuidado para que el envoltorio no se rompiera de más, le dije a Raúl ¿te acordás
cuando comprábamos un cuarto de Traviatas? Pero claro hija, me respondió mi
abuelo, militante peronista, “de perón”, le gustaba decir.
¿Viste que las galletitas tienen
23 agujeritos? Me decía mientras contemplaba la galletita antes de mandársela a
la boca con mermelada de zapallo. Asentí con la cabeza y tragué un sorbo de té
de boldo. Cuando yo era joven, me dice, había una publicidad de las Traviata que
decía “la galletita de los veintitrés agujeritos”. Y así se hicieron famosas,
me dice, y ahora todo el mundo las come. Los montoneros mataron a Rucci y le
dieron 23 tiros, el tipo quedó como la galletita, por eso le pusieron “Operación
Traviata”. Mi abuelo esperaba que yo le respondiera algo pero yo atiné a
mirarlo fijo. Mi cara en ese momento ahora podría ser un meme. Hacía tres meses
que yo había empezado a militar en la Juventud Peronista. Néstor era un rockstar
y yo quería entrar al pogo. Pero todavía no sabía quién era Rucci. Montoneros
Sí. Llamar a un asesinato así me parecía, en principio, muy original. Nunca
entendí porqué mi abuelo decidió contarme eso así, tan a la ligera, esperando
que yo emitiera algún tipo de opinión. El “simpatizaba con montoneros” aunque
nunca militó orgánicamente en ninguna organización.
Extrañamente ese recuerdo de
estar merendando mientras mi abuelo me contaba una historia digna de ser
filmada por Quentin Tarantino, me desespera. Me parece un misterio. Me gustaría
haberle preguntado algo esa tarde: Si creía que realmente habían sido los
monto, si de qué lado estaba, si le gustaba el humor negro tanto como a mí. A
partir de esa anécdota vestida de sátira, nuestra relación fue un pacto de
confidencia.
Hace un mes Raúl murió. Mi
mamá y sus hermanos lo hicieron ceniza para llevarlo a las costas que lo vieron
nacer en Puerto Pirámides, como él había pedido. Puerto pirámides queda lejos
de donde vivimos ahora que es Paraná. Mi mamá se hizo cargo de viajar y tirar
las cenizas al mar. Sin que ella supiera, a esa misión viajera yo la llamé
Operación Traviata.
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