Por mucho, tus ausencias
Siempre has sido un tema difícil en la familia. No tengo recuerdo de mi viejo reaccionando de esa manera ante ningún otro de mis cuestionamientos, y recuerdo tener algunos bastante molestos. Para él, nunca era el momento indicado para abordarte, y si intentaba forzarlo, abrumarse y actuar ocupado al mismo tiempo le bastaban para zafar. Con el tiempo, me rendí y dejé de indagar.
Fuiste, por mucho, tus ausencias. Lo que papá evitaba (aunque en disfraz solo se distraía) y lo que el abuelo nos pedía que callemos porque "a la abuela le hace mal recordar”, según él.
A pesar de todo, estuviste presente siempre: en algunas anécdotas de sobremesa en Navidad; en la foto en la que estás con mi mamá a sus veintitantos; en el mapa de España que sigue colgado en tu antigua habitación en Mar del Plata; en el VHS del matrimonio de mis viejos, donde tocaste con la viola un vals; en todas las cosas que esparciste por nuestras casas.
Me han contado de tus palabras punzantes, de tus pocas pulgas y tu terquedad, y de cómo resultaba algo ridículo que a pesar de todo eso destaque tu buen sentido del humor. Me han dicho algunas veces que nos parecemos.
Un día a mis 23 años, papá me contó por teléfono tu gran secreto. Anticipando mi reclamo, excusó como al pasar que no me lo había contado antes porque para cuando dejé de ser niño ya se le había olvidado, como si olvidar decir ésto o que te llamaron mientras te duchabas, fuera lo mismo. Protesté un poco, pero en el fondo lo entendí. Además, la aclaración del misterio sólo vino a confirmar una sospecha que yo ya tenía, porque también estaban esas anécdotas en las que el abuelo preguntaba a sus otros cuatro hijos si debía empezar a preocuparse por no saber de la existencia de ninguna de tus novias.
En las fiestas de fin de año próximas a la muerte de la abuela, que como todos los años pasamos en Mar del Plata, mi hermana desarmó, buscando no sé qué cosa, un portaretratos que la abuela había tenido por décadas junto a su lado de la cama. Adentro, oculta tras tu foto, había una foto de tu amigo Pepe.
Hace algunos años, mi hermana viajó a Sevilla, específicamente a conocerlo. Dijo que es una persona encantadora, y que su casa está llena de fotos tuyas. Que todavía se emociona al hablar de vos y que jura que fuiste su gran amor (no podría cuestionarlo, con ese final tan trágico).
A tu última etapa con él no la sé muy bien, pero sé que se quisieron mucho y que cuando finalmente decidiste blanquear tu enfermedad y volver a morir a la Argentina, él te acompañó y pasó una temporada en la casa con toda la familia.
Me consta que fuiste auténtico y viviste libremente. Que te bancaste mil batallas y a tu manera las ganaste todas.
No nos encontramos ni un día en el mismo mundo, pero en cada historia tuya encuentro un aspecto mío.
Me habría gustado conocerte Sergio, pero no podría decir convencido que no te conozco ya.
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